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12 de enero de 2010

La Mode


Hoy es martes de narrativa. Toca el turno de mostrarle, lector, a un venezolano de nombre Luis Britto García. Escribió hace unas cuatro décadas un cuento que, a pesar del tiempo, sigue vigente. Keywords: crítica, moda, publicidad, crédito, inutilidad. Espero le guste.

Ahora reposa y siéntate. Dentro de un instante entrará un vendedor a explicarte que tu televisor está pasado de moda y que debes comprar el nuevo modelo. En pocos minutos convendrás sin él las condiciones del crédito del precio y te dirás que en verdad una mañana de uso ya es suficiente. Al encender el nuevo aparato lo primero que notarás será que las modas del mediodía han cedido el paso a las modas de las dos de la tarde y que una tempestad de insultos te espera si sales a la calle con tus viejas corbatas de la una y veinticinco. Así atrapado, debes llamar por teléfono a la tienda para arreglar el nuevo crédito, a cuyos efectos intentarás dar en garantía el automóvil. El computador de la tienda registrará que el modelo es del día pasado y por lo tanto inaceptable. Lo mejor que puedes hacer es llamar al concesionario y preguntarle sobre los nuevos modelos de esta mañana. El concesionario te preguntará qué haces llamándolo por ese teléfono de modelo anticuado, y le dirás es cierto, pero ya desde hace media hora estás sobregirado y no puedes cambiar de mobiliario. No hay más remedio que llamar al Departamento de Crédito, el cual accederá a recibir el viejo modelo por el uno por ciento de su precio aunque la inversión bien lo vale. Calculas que eso te da tiempo para llamara que vengan a cambiar el congelador y la nevera, pero otra vez el maldito teléfono anticuado no funciona y minuto tras minuto el cuarto se va haciendo inhóspito y sombrío. Adivinas que ello se debe al indetenible cambio de los estilos y el pánico te irá ganando, e inútil será que en una prisa frenética te arranques la vieja corbata e incineres los viejos trajes y los viejos muebles de ayer y las viejas cosas de hace una hora, aún de sus cenizas fluye su irremediable obsolescencia, el líquido pavor del que sólo escaparás cuando, a las cuatro, lleguen tu mujer y tus hijos cargados con los nuevos trajes y los nuevos juguetes, y tras ellos el nuevo vestuario y el nuevo automóvil y el nuevo teléfono y los nuevos muebles y el nuevo televisor y la nueva cocina, garantizados todos hasta las cinco, y el nuevo cobrador de ojos babosos que penetra sinuosamente en el apartamento, rompe tu tarjeta de crédito y te notifica que tienes comprometido tu sueldo de cien años, y que ahora pasas a los trabajos forzados perpetuos que corresponden a los deudores en los sótanos del Monopolio de la Moda.

6 de agosto de 2009

De la fábrica de sueños...

La terraza de la casa estaba llena de gente, algunos bailaban, otros sólo platicaban al calor de las copas. Sostenían sus vasos rojos, fiesteros, y altisonantes risotadas aderezaban el ambiente. Él había sido invitado por su ex novia, con quien pensaba que las cosas podrían funcionar de nuevo. Sin embargo (se encontraba solo, recorriendo el lugar al principio de todo) cuando se acercó a buscarla la encontró besándose con un conocido mutuo, más de ella que de él. Desconcertado, intentó tomar las riendas. La llamó enérgicamente para cuestionarla. Ahora estaban en uno de los cuartos, uniendo sus labios en un momento fugaz. Él pensó que la reconciliación estaba en su momento más álgido, pero craso error. Ella se levantó y salió de la habitación sin motivo aparente. La siguió por una escalera hacia abajo. Esa parte de la casa estaba abandonada: muebles viejos y polvosos, telarañas, hojas de papel y, al fondo, un baño con la puerta rota. Ahí se encontraba la única luz encendida. Se acercó con sigilo y la encontró al fondo del cuartucho, junto a un espejo quebrado por los años, seria, impávida, no notó su arribo. Unas cuerdas que estaban muy cerca del piso le impedían acercársele. Se agachó para sortearlas, ella reaccionó. Se dio cuenta de algo y con terror en el rostro le dijo: "¡Cuidado! ¡Es Hugo, cuidado!". ¿Quién era Hugo? El miedo lo paralizó, sintió la presencia fantasmagórica de aquel personaje desconocido. Se quedó como estatua unos segundos.

Cuando abrió los ojos, reconoció su cuarto, su cama, su cuerpo, bañado en sudor. Tieso, comprendió lo que había sucedido. Pensó que tal vez serían las 4 de la mañana, pasaron por lo menos 15 minutos antes de que pudiera conciliar el sueño otra vez.

31 de julio de 2009

Buscando la libertad


La lluvia comenzó a caer ligera, suave, sobre el pasto de la hacienda. Era refrescante después de un día de calor pero, de pronto, los truenos retumbaron en el negro cielo y la capa de agua se hizo densa, insoportable. En el lodazal y bajo la confusión natural, Matilda y Pepe se abrieron camino a través de una cerca que, debilitada por el temporal, cayó ante sus ojos, abriéndoles paso hacia un nuevo destino.

Cuando la tormenta pasó y se hizo el conteo, los encargados parecieron titubear. Uno de ellos dio aviso a las autoridades, quienes, a su vez, dieron aviso a alguien que tenía poder de decisión. La orden: cácenlos. Matilda y Pepe vagaron durante mucho tiempo sin ser descubiertos, entrando a las propiedades ajenas, tumbando bardas, sólo para sobrevivir. Tuvieron que sacrificar a algunos animales y ganado para poder comer, pues Matilda estaba a punto de dar a luz.

Un día, cuando Pepe caminaba a orillas de un lago buscando algo de alimento, un grupo de soldados lo rodeó y le dio muerte. Matilda, incapaz de hacer algo, vio cómo una bala atravesaba el corazón de su pareja y como los militares, después de acribillarlo, se tomaban fotografías con gestos triunfales posando alrededor de su cuerpo. Fue en ese momento cuando comprendió que su vida ya tenía precio.

El tiempo pasó, Matilda dio a luz en la clandestinidad colombiana y continuó vagando junto con su crío, bautizado como Hip. Sin embargo, estar huyendo todo el tiempo cansa mucho. El grupo de asesinos ya les pisaba los talones, su muerte era casi segura. Por suerte, y poco antes de que los crueles soldados los capturaran, algún buen samaritano con conexiones se enteró de su caso y movió influencias, tal vez cobró favores, para ponerlos a salvo, aunque ello supusiera el regreso al confinamiento de la hacienda, un lugar donde pagarían con encierro el regalo de tener la vida.

Matilda, Pepe (q.e.p.d.) y Hip son (Pepe fue) tres hipopótamos. Los dos primeros propiedad del capo Pablo Escobar y estaban en cautiverio en su "Hacienda Nápoles". Cuando escaparon de aquel lugar, las autoridades ordenaron su caza inmediata, pero después de la muerte de Pepe, Matilda fue indultada y con seguridad regresará a la hacienda de donde escapó. Esta es una historia real, como lo puede usted comprobar, incrédulo lector, aquí.

19 de junio de 2009

Morir o no morir...

Uno de tantos valientes que trabajan en las morgues alrededor del mundo se encontraba, como muchos de ellos, disfrutando de un sándwich de pollo mientras descansaba después de una larga jornada de trabajo. La compañía de los cadáveres durante sus comidas era para él, después de un par de años, la constante que menos alteraba su modus operandi. El pan estaba un poco tieso y le faltaba mostaza, pero lo engulló sin hacer demasiada alharaca. Después del último bocado salió a servirse una taza de café, soluble, sin alma.

Regresó al cuarto, frío, a media luz, impregnado de un olor a formol con un aire de vísceras frescas. Sobre la plancha yacía el cuerpo desnudo y blanquecino de una mujer de unos 40 años. Su frente estaba destrozada por el paso de un camión que, en su afán por llegar al destino que tuviera, la proyectó dos o tres metros delante de su parrilla. La miró con indescriptible ternura, tomó el bisturí y trazó la Y. Un hilillo rojo recorrió el camino del filo, la piel cedió y abrió paso al intruso.

Trabajó unas horas, tomando notas, pesando las entrañas de aquella víctima que pudo haber sido madre, esposa, hermana, amante. Mientras extraía muestras pensaba en cómo habría sido su vida. Así era siempre, los tiempos de soledad sólo podían pasarse a gusto si creando historias. A esas alturas de su vida tendría suficientes relatos como para publicar un libro. Por su manos habían pasado artistas, violadores, empresarios ricos, bailarines, asesinos, niños olvidados, cantantes frustrados, políticos de segunda, estafadores, madres solteras, payasos de crucero... Todos con una cosa en común: estaban tiesos.

Comenzó a coser los cortes del tórax. Estaba cansado, los párpados se le cerraban involuntariamente. Miró a su alrededor, en la segunda plancha otro cuerpo esperaba paciente la intervención. Pensó en irse a su casa para seguir disfrutando de la soledad que esa profesión le había regalado. Allá lo esperaba Nicolás, un gato anaranjado con blanco, gordo y holgazán; también una copa de vino o dos y, por qué no, una tabla de quesos. Encendería la televisión y disfrutaría de alguna pieza de Bergman, lo difícil sería escoger de entre todos los títulos de su colección.

Sobre esto cavilaba cuando escuchó una respiración inconclusa, forzada y leve. El cuarto estaba vacío; lo atribuyó al cansancio. Mientras cosía, el sonido se hacía continuo. Decidió concentrarse en el hilo y la aguja, sin voltear. Finalmente, la ansiedad le ganó, comenzó a temblar, el sudor le mojaba la frente y le escurría por los ojos. La respiración era ahora como la de un niño que llora asustado porque no sabe dónde está. Se recargó con ambas manos en la plancha y sostuvo la mirada frente a los cajones plateados donde se guardaban los cadáveres. El frío acero le mostró el reflejo de la otra plancha. El cuerpo se movía. Paralizado por el impacto de aquella imagen, cerró los ojos y contuvo la respiración, sólo agudizó el oído, como si aquello lo pudiera hacer pasar desapercibido ante el muerto viviente.

Pasaron unos segundos que a él le parecieron horas. En el silencio sólo se escuchaba aquella respiración ajena, extraña. Se armó de valor, inhaló con fuerza mientras giraba para observar el suceso. Las extremidades del sujeto temblaban y los músculos de su rostro se movían como los de Nicolás cuando comía algo que no le agradaba, con muecas raras. De pronto abrió los ojos y se incorporó. Con una expresión de sorpresa observó al doctor, quien no podía dejar de mirarlo, estupefacto.

Esa fue la útima vez que aquel hombre de morgue volvió a pisar un lugar parecido. Aquella noche, en su casa, con una botella de tinto en la mano, decidió que todo había sido una visión, un engaño de sus ojos, sometidos por las largas horas de labor. Tres días después su teléfono sonó decenas de veces, sin ser constestado, como no lo sería la semana siguiente. Un compañero preocupado lo encontró en su casa, con la botella de cabernet chorreada en la camisa y un gato anaranjado lamiéndole las botas, tan muerto como sus objetos de trabajo. Su cuerpo terminó en la morgue, en la segunda plancha, donde se vio a sí mismo cosiendo la Y de una señora que había muerto atropellada. Despertó, se incorporó, se vio a sí mismo a los ojos y, por fin, comprendió el significado de la soledad.


Ojalá, querido lector, haya disfrutado de esta historia de muerte que está inspirada en una nota que escuché hace unos días en la que se hablaba de un médico belga que vio cómo un tipo volvía de la muerte en una morgue. Se trata de una enfermedad real, se llama catalepsia, un trastorno neurológico que inmoviliza el cuerpo y hace que parezca clínicamente muerto. Se han registrado casos de gente que, dada esta condición, ha sido enterrda viva o ha despertado en pleno funeral. Sin embargo, es poco probable que sobrevivan después de este letargo.

¡Aguas! Recuerde de asegurarse que el muerito está bien muertito.

13 de abril de 2009

Pa' leer


Julio Cortázar, escritor argentino nacido en 1914 en Bruselas, es sin duda un referente clave en la historia de la literatura latinoamericana, por ello me permito compartirles un texto que a mi parecer es genial, además de que les ayudará si les falla la forma en la cual suben las escaleras (no todos son tan hábiles).

Este texto lo pueden encontrar en Historias de Cronopios y de Famas, Ed. Punto de Lectura, $84 en Gandhi.


Instrucciones para subir una escalera

Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se sitúa un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.

Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).

Llegado en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.